SI YO SUPIERA PINTAR...

por León Ferrari

 

Si yo supiera pintar, si Dios en su apuro y turbado por error confuso me hubiera tocado, agarraría los vellos de la marta en la punta de una rama de fresno flexible empapados sumergidos en óleo bermejo y precisamente en este lugar iniciaría una línea delgada flaca ya con la intención de cubrirla después maniobrando con la transparencia. Al lado un pozo absolutamente negro y definitivo. Enganchados en las ramas algunos repugnantes amarillos circuncisos como nidos de codesera el cochino pájaro del ártico que utiliza sus mismísimos hijos para alimentar las focas que le placen (nadie supo nunca por qué siguen naciendo) colgantes arracimados a la tela ayer virgen de la cual dejo dos cuartas cuadradas libres y enseguida un caballo formidable pero frustratorio por retaceado blanco corriendo espumante con las crines y las colas desplegadas, un verdadero corcel del malón resuelto con realismo fotográfico pero con cierto aire metafísico para introducir uno de los elementos de confusión y también un sospechado sugerido signifícado opaco bajo el barniz, no simbólico, como para que al verlo alguien ni siquiera se de cuenta que en sus entrañas se refriega preguntándose qué significa ese caballo blanco veloz hacia el monte de Venus entre las hierbas altas oscuras enruladas la gran quebrada magnética y luego el volcán. El pincel más afilado, el estilete de pelo lacio para escribir los mil rulos de esos pastos negros. Pero ese significado debe ser inexistente por verdadero y ni la más pequeña sospecha de certidumbre debe ser engendrada en los ojos que miran: un sudor gaseoso temprano parto de la espuma ocultará los sagaces indicios, los signos de la pesquisa, la satisfacción del adivinar, los escasos temblores, los roces, nada. Nada. Flores de manzanilla despedazadas por las herraduras para levantar la nada del blanco. Con esos puntos de apoyo terminados al ras cambiaría de técnica, a las antípodas con ella, no me refiero sólo a la pintura siempre a puro óleo sino en especial al modo de tomar el pincel como si fuera una bayoneta calada en las uñas pero medio resbaladiza de modo que el aceite con sus naranjas tome esas rugosidades que tiene la nata una vez arrancada. Esas sombras de un gris blanqueado pero trémulas me servirán para apoyar una suerte de ofensiva contra el caballo pero sin caer en una abstracción demasiado lírica que podría desbaratar mi plan pues esta batalla debe quedar suspendida como un péndulo quieto, una plomada, nadie gana nadie pierde ignorantes del favorito veloz hacia la quebrada una escaramuza que espera las pupilas para invadirlas rebalsar en ellas y producir el arrepentimiento o una modificación en su futuro. Y esto no sería tan trabajoso con el pincel que clarividentemente me hice con los rulos oscuros de Alafia y sería una forma de recordarla con sus huellas para la eternidad. Engarzándose con esas huellas y como si fuera el mismo cuerpo que las dejó, un Klein, entre cuatro muy violentísimas rayas azules un organismo desconocido pero familiar airosamente ahorcajado entre los plácidos celestes casi tocando la línea inicial bermeja pero medio como apretado como si me hubiera faltado lugar como si fuera un error como cuando uno estruja la palabra última para que entre en este renglón. Achicada ese organismo sorprendente por el peso de Alafia inmortalizada contra un amontanamiento de frutas, algo parecido algo que me deje un poco de espacio como si Fontana hubiera roto la tela en triángulos de lados cóncavos que lo empujen a uno a mirar atrás para saber a dónde va eso, a tocar con la uña para saber si es cierto, pero no frutas ni piedras ni pelotas, no se qué, tampoco surrealista, tendría que tener la tela aquí para resolverlo bajo el impacto de la fiebre inspirante, algo absolutamente nuevo desconocido el corazón escondido de toda la obra: cuarenta centímetros cuadrados disimulados adrede en los varios metros que tiene este cuadro para que nadie perciba el lenguaje inaudible y reservarle la satisfacción a un sabio estudioso futuro de lo muerto que pondrá todo en claro y buscará agitado los huesos en mi cajón para hacer con ellos una especie de amuleto expuesto en un museo ante los prosternados feligreses rezadores por mi alma hoy viva pero escondida en Castelar. Esos mismos huesos que con su carne encima pintarían este pedazo digno de un collage inventado por Dios. Sin descansar atacaría el todavía virginal sector a la derecha del pantano y haría tocando apenas los cascos del corcel un remanso donde el espectador encuentre su descanso y el mío también un campo de pastoreo con verdes crecientes de sabiduría y flores para tirarse allí a respirar las hojas tachar el mundo y volver a imaginar de nuevo aquella mujer que tenía los pómulos bajo los ojos como si fueran la respuesta o el duplo de un rebote de los montes importantes que se extendían majestuosamente a ambos lados del valle del esternón. quedarse en el valle a soñar la siesta a la sombra redonda nadar en sus ríos forrado de escamas y trepar mojado los montes en espiral rodando cayendo subiendo hasta aferrarme a la punta con el pincel y la tela para utilizar esos jugos que me suben capilarmente desde las frutillas donde Alafia concluía sus senos mientras bailo sin tocarlas mientras saco por el pincel de rulos de Alafia los jugos de las frutillas apenas exprimidas de Alafia para hacer la superficie la piel transparente de un nuevo cuadro encima del otro como si no existiera siendo sólo una nueva explicación con algunas palabras que al azar coinciden y se refuerzan en resonancia pero el resto casi todas entremezcladas alargándose en combinaciones estupefactas trasformadas en dibujos enredaderas secas contra los revoques de una casa consumida o borrándose las unas a las otras para alcanzar la evidente confusión de la verdad. Y así terminaría mi cuadro capital. Pero Dios no lo quiso, cuando yo en mi turno pasé a su lado con el alma extendida en una limosna Dios no quiso tocarme: tenía su mano entretenida haciendo los montes valles y nalgas de Alafia y no quiso sacarla ensimismado en Alafia aunque era mi turno y no quiso tocarme.

 


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