7° Encuentro Internacional de

Poesía Visual, Sonora y Experimental

 

 

 

Edgardo Antonio Vigo: el prestigio de la duda

María José Herrera (Argentina)

 

 

Que Edgardo Antonio Vigo no es un artista frecuente y convencional se ve a través de las distintos proyectos que emprendió y obras que realizó. Siempre vivió en La Plata -ciudad que está más lejos de Buenos Aires de lo que parece- y tiene una intensa vida propia y orgullo de independencia cultural respecto de la capital federal. Como platense, Vigo se relacionó con el entorno de su ciudad. En los comienzos participó entusiasta de la actividad institucional que el medio le ofrecía: salones y premios provinciales. Pero siempre fue un libero. Si bien podía formar parte de emprendimientos colectivo era difícil que coincidiera con la perspectiva de la mayoría. Por eso era artista. Como colectivo no es lo mismo que masivo, Vigo trabajó intensamente para difundir esa percepción diferente que produce el ejercicio cotidiano de la creatividad. Creyó en la creatividad como un don común que no todos ejercen y se comprometió a oficiar de médium para aquellos que así lo entendieran. Un esfuerzo de dimensiones humanas.

 

Vigo entendió al arte como la habilidad de perturbar nuestras propias experiencias del mundo. Es claro, entonces, que los objetos e ideas surgidas de esta práctica no podían ser los que llenasen las galerías y museos. O, al menos, no en forma permanente. Su rechazo a lo institucional es el rechazo a la alienación que convierte en habitual a lo extraordinario o, a la inversa, en canónico a lo distinto. El antídoto a esta permanente búsqueda del centro al que aspiran las instituciones es reservar un lugar de prestigio a la duda. Esa que inexorablemente surge ante cada decisión a tomar y es prestamente aplastada por el deber ser de la razón.

 

Su actitud vitalista dejó en la obra tanto la impronta del desprecio por los materiales nobles como el preciosismo del hecho a mano con materiales simples. La posibilidad de tocar las obras, los objetos, obsesionó a Vigo quien a lo largo de su producción propuso distintas opciones. Del arte manipulable de sus composiciones concretas, al manifiesto  “Hacia un arte tocable” (1968/9),  el artista dotó a sus obras de el régimen contrario al que los objetos poseen en los museos e hizo de la participación el fin de la experiencia estética.

 

Así, se pronunciaba por:

 

“un arte con errores que produzca el alejamiento del exquisito.
Un aprovechamiento al máximo de la estética del “asombro”, vía “ocurrencia”
-acto primigenio de la creación–para convertirse–ya en forma masiva, en–movimientos envolventes–o por la individualidad–congruencia de intencionalidad - ,en actitud.

Un arte de expansión, de atrape por vía lúdica, que facilite la participación –activa– del espectador, vía absurdo. Un arte de señalamiento para que lo cotidiano escape a la única posibilidad de lo funcional. No más contemplación sino actividad.

No más exposición sino presentación. Donde la materia inerte, estable y fija, tome el movimiento y el cambio necesario para que constantemente se modifique la imagen. En definitiva: un arte contradictorio”.